José Francisco de San Martín actuó siempre como argentino en su acción americana y no sólo no declinó jamás ese honor, sino que lo puso de manifiesto en las dos únicas cláusulas de su testamento que hacen relación a su patria y a su vida pública.
Publicado por El Siglo
Prevenido, organizado, como había sido toda su vida, el general don José Francisco de San Martín ya había tomado -desde hace un tiempo- sus últimas disposiciones y formalizado su testamento en el año 1844, declarando heredera universal a su única hija Mercedes.
Lo que más puede interesarnos de éste, son aquellas cláusulas que tienen relación con sus miras de patriota. La que expresa sus deseos de que su corazón descanse en Buenos Aires y la relativa a que su sable corvo debía ser entregado al general Juan Manuel de Rosas, por la gran satisfacción que San Martín le profesaba a éste, debido a la firmeza con que Rosas contuvo "...el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla".
Este testamento revela que el general San Martín, fundador de Naciones y Libertador de gran parte de la América del Sud, actuó siempre como argentino en su acción americana y que no sólo no declinó jamás ese honor, sino que lo puso de manifiesto en las dos únicas cláusulas de su testamento que hacen relación a su patria y a su vida pública.
El 17 de agosto de 1850 -según cuenta Félix Frías- el general se levantó sereno y con las fuerzas suficientes para pasar a la habitación de su hija, donde pidió que le leyeran los diarios. Hizo poner rapé en su caja para convidar al médico que debía venir más tarde y tomó algún alimento. Nada anunciaba en su semblante ni en sus palabras el próximo fin de su existencia. El médico le había aconsejado que trajera a su lado a su hermana de caridad.
Balcarce salió en la mañana del mismo día a cumplir con esa diligencia, acompañado por Javier Rosales, a quien comunicó las esperanzas que abrigaba el restablecimiento del general y su proyecto de hacerlo viajar; tan lejos estaba de prever la desgracia que amenazaba y tanta confianza le inspiraba el estado de salud de su padre político, en ese día y los anteriores.
Rosales procuró disipar esas ilusiones que podían hacer más sensible el golpe que él consideraba inmediato, y sus tristes predicciones no tardaron, por desgracia en realizarse. Después de las dos de la tarde, el general se sintió atacado por sus agudos dolores nerviosos al estómago. El doctor Jardo, su médico, y sus hijos estaban a su lado. El primero no se alarmó y dijo que aquel ataque pasaría como los precedentes.
El último suspiro
En efecto, los dolores calmaron, pero repentinamente, el general que había pasado al lecho de su hija, hizo un movimiento compulsivo indicando a Balcarce con palabras entrecortadas que la alejara y expiró casi sin agonía.
Es más fácil comprender que explicar la aflicción de sus hijos en la presencia de esa muerte tan súbita e inesperada.
"En la mañana del día 18 -escribe Félix Frías- tuve la dolorosa satisfacción de contemplar los restos inanimados de este hombre cuya vida está escrita en páginas tan brillantes de la historia americana. Su rostro conservaba los rasgos pronunciados de su carácter severo y respetable. Un crucifijo estaba colocado sobre su pecho, otro en una mesa entre dos velas que ardían al lado del lecho de muerte. Dos hermanas de la Caridad rezaban por el descanso eterno del ama que abrigó aquel cadáver. Bajé enseguida a una pieza inferior, dominado por los sentimientos religiosos que se levantaban en el corazón del hombre más incrédulo al aspecto de la muerte. Un reloj de cuadro negro colgado en la pared, marcaba las horas con un sonido lúgubre, como el de las campanas de la agonía, y ese reloj se paró aquella tarde en las tres, hora en que había expirado el general. ¡Singular coincidencia! El reloj de bolsillo se detuvo también en aquella última hora de su existencia.
El día 19, al tiempo de colocar en el féretro los restos mortales del ilustre difunto, la banda de la Guardia Nacional resonaba casualmente en frente de la casa mortuoria, como si fuera un homenaje militar tributado al guerrero que hizo resonar por primera vez en las altas cimas de los Andes, los clarines y tambores marciales que lo acompañaron en Chile y el Perú con el estandarte victorioso de la Independencia Americana”.
La opinión de Mitre
"El carácter de San Martín -escribe Mitre- es uno de aquellos que se imponen a la historia. Su acción se prolonga en el tiempo y su influencia se transmite a su posterioridad como hombre de acción consciente. El germen de una idea por él incubada, que brota de las entrañas de tierra nativa, se deposita en su alma y es el campeón de la idea. Como el general de la hegemonía argentina primero y de la chilena-argentina después, es el heraldo de los principios fundamentales que han dado su constitución internacional a la América, cohesión a sus partes componentes, y equilibrio a sus estados independientes. Con todas sus deficiencias, es el hombre de acción deliberada y trascendental más bien equilibrada que haya producido la revolución sud-americana”.
Fiel a la máxima que regló su vida: "Fue lo que debía ser" y antes que ser lo que no debía prefirió "no ser nada". Por eso vivirá en la inmortalidad.
Publicado por El Siglo
Autor: Pedro Salinas Córdoba
Presidente Asociación Cultural Sanmartiniana de Tucumán
Libertador de América
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