
ATEP, en el marco de la Semana del " Día del Maestro" entregó como todos los años el Premio Anual "Francisco I. Arancibia", siendo la ganadora la Sra. Lucena Isabel del Valle, distinguiéndola por su excelente trabajo que a continuación publicamos.
PEQUEÑO HÉROE
El colectivo, se alejaba lentamente dejando nubes de polvo que se iba disipando a medida que se perdía en el camino.
Lentamente y con los ojos aun somnolientos, ya que algunos solíamos dormir un poco hasta llegar al pueblo, los maestros emprendíamos el camino hacia nuestra escuela.
Algunos niños cruzaban el campo, acortando el paso por el alambrado que nos separaba de la vías para llegar, otros en los patios de sus casas nos saludaban junto a sus madres que, apresuradas los peinaban o terminaban de colocarles sus guardapolvos porque ya llegaban los maestros.
Desde nuestra llegada, ya nos sentíamos bien, compartiendo amistad entre nosotros que nos conocíamos tanto y donde la risa franca y las penas eran de todos, borrándose las ultimas al llegar, con los saludos sinceros de la gente, de otras compañeras que vivían en el lugar y de la alegría incomparable que mostraban los niños mientras corrían a recibirnos con abrazos y besos en esas caritas curtidas por el sol con ojitos grandes y brillantes emanando olorcito a pan amasado o humo de leña que prendían temprano en sus casas para tomar el mate cocido antes de ir a la escuela.
El edificio se alzaba, señorial y sólido, de color blanco con grandes ventanales de madera. Una larga entrada con baldosones nos separaba del mismo para llegar a una galería fresca y luminosa.
Escuela “Pvcia. De la Rioja” versaba en el arco de su entrada, siempre inmaculada, nos esperaba con un silencio que solo se rompía con nuestra llegada y los cascabeles de las voces infantiles.
Maravillosos sonidos se mezclaban, conjugando un placer que aun añoro con el rumor entre las ramas de grandes eucaliptos que hacían guardia al lado de la escuela, el canto de los pájaros y el teñir de la campana que nos llamaba a formar para saludar a la bandera e iniciar nuestra tarea.
Mi salita de jardín comunicaba con la cocina y me separaba del resto de la escuela, allí siempre atentas y dispuestas desde muy temprano ya que vivían en la zona estaban nuestras conserjes, siempre afables y trabajadoras eran las hadas que mantenían inmaculada la escuela y que como un engranaje prefecto comenzaba a encender los fogones desde temprano para recibirnos con un mate calentito y a preparar los elementos para cocinar ya que los niños almorzaban antes de regresar a sus casas.
Canción para saludarnos, recordar el día y sentir a través de la ventana la tibieza de los primeros rayos para decir alegremente que el día era soleado daba inicio a nuestro día.
Laminas de colores con figuras de niños nos servían para conocer nuestro cuerpo, comparando entre compañeritos quien era mas grande y quien mas pequeño. Descubríamos colores maravillosos y formas con elementos creados por nuestras propias manos ya que aun en esa época debíamos apelar a la creatividad con la ayuda de una maestra especial o alguna mamá.
Anexada a nuestra sala, teníamos un cuarto para jugar con cajones de maderas y cajas donde los colores de algunos títeres, escaleritas de plásticos y algunos muñecos donados por la bondad de alguien del pueblo que siempre pensaba en la escuela, llegaba al jardín.
Ya se sentía el aire el aroma que venia desde la cocina. ¡Tallarines con salsa! Y los que primeros descubrían el menú eran mis pequeños. Por allí salíamos al inmenso patio de juego a descubrir la maravillosa naturaleza que nos rodeaba mientras aprendíamos mutuamente cosas del lugar ya que ellos, también me enseñaban a mi el nombre de alguna flor o animalito tan natural en su entorno.
Todos los días eran especiales pero, siempre ha uno que queda en el recuerdo con un dejo de nostalgia que nos produce una sonrisa o tristeza y sucedió. Regresábamos a jugar en nuestro cuarto de juegos y me dirigía a levantar una caja para llevar a los niños cuando rauda y veloz una “laucha” corrió hacia otras cajas.
Monstruo para mí, que tengo fobia por las mismas, lance un grito mientras tiraba la caja a un costado, y gritaba; ¡una rata, una rata! Por supuesto como buenas y futuras mujercitas las nenas comenzaron a gritar y salimos rápidamente a pedir ayuda en la cocina. Mal camino tomamos ya que cuando supieron la causa de tal desbande nuestras cocineras entraron en pánico.
Que yo dejando de lado sus coladores y espumaderas, buscando alguna la altura salvadora de una silla por las dudas, el monstruo ratonil interrumpiera en la cocina.
De pronto apareció “él” robusto, sólido con una cara redonda y morena “Ramoncito” quien nos miro desde la puerta del jardín y con voz fuerte de futuro hombrecito nos dijo, blandiendo en su mano la perna de un muñeco de plástico ¡ No se preocupe señorita, yo las salvare! Y con paso valiente volvió sobre sus pasos a buscar al monstruo. Al cabo de un momento y luego de sentir algunos ruidos volvió con el terrible roedor muerto al cual sostenía por la cola, produciendo nuevamente gritos del público femenino que no querían verla ni muerta.
El, en actitud de gran héroe salio al patio y la lanzo hacia los pastos lejos de la cocina.
Nuestro valiente príncipe ese día recibió aplausos y besos de la platea femenina, compañeras, conserjes y señoritas, ese día, fue nuestro salvador y sin duda camino a su casa desde su mundo de niño se sintió como un príncipe de cuentos que mato un dragón.
Para mí que aun permanece en mi recuerdo después de tantos años fue mi pequeño héroe.
Creación Literaria: Isabel del Valle Lucena
Ganadora Premio “Francisco Isauro Arancibia”
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